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Durante la huída, en el crudo invierno del 1945, yo sufrí de congelamiento en ambas piernas y desde esa época yo padecí de fuertes dolores en las mismas y también durante la noche. Los dolores se irradiaban hasta en los dedos de los pies y las caderas. Desde el tobillo hasta la rodilla, las piernas estaban con escaras, hinchadas y enrojecidas, por lo cual yo no estaba en condiciones de poder caminar al cien por ciento, yo tenía la sensación de no tener energía, de que las piernas estaban sin vida. Las pomadas recetadas por los médicos no surtieron efecto alguno. Después de la charla de introducción a las enseñanzas de Bruno Groening, a finales de abril de 1991, yo me encontré liberada de los dolores y lo estoy hasta el día de hoy. Las piernas se han vuelto livianas y no están escoriadas lo cual me permite caminar y dormir sin dolores ni problemas.